Validar las emociones: entre la comprensión y la bondad

holiness-1207699__340Uno de los principios fundamentales dentro del coaching es validar los sentimientos de la otra persona. Para muchos, este proceso tiene que ver con empatía, solidaridad, bondad o simple misericordia. Hace unos días escuché la llamada telefónica que realizara una mujer de 74 años a un programa de radio. La señora inició su conversación diciendo, “Fulano… esta fue la navidad más perra que he tenido en toda mi vida”. El Fulano le preguntó “Ay Dios mío, por qué usted dice eso” y la mujer le respondió… “no aguanto la soledad. Todos mis vecinos se fueron, no tengo energía eléctrica ni servicio de agua, además, soy impedida”. El Fulano, creyéndose graduado de consejería y motivador, se le ocurrió la “gran idea” de decirle… “¿pero cómo usted se va sentir sola?…. Es necesario que disfrutemos de estar con uno mismo y saber escuchar y disfrutar del silencio”. ¡Cristo amado, casi muero al escucharle!. El impacto fue tal que todavía en este momento no puedo definir claramente si lo que ese hombre tuvo (el Fulano), fue un ataque de estupidez, un arrebato de antipatía, falta de solidaridad absoluta o simple desprecio por el dolor ajeno. Este hombre “no validó” el dolor de esta pobre mujer.

Para comenzar a ayudar a una persona a salir de un ciclo de depresión, baja autoestima o el problema que sea, lo primero que hay que hacer es escuchar, validar, comprender y respetar su situación. Esa mujer necesitaba saber en ese momento, que alguien entendía el que se sintiera mal porque su situación no era una que ni ella ni nadie mereciera.

Para Yvonne Laborda, autora del libro: Dar voz al niño, validar es “aceptar y dar por válido aquello que otra persona (adulto o niño) está sintiendo tanto si estamos de acuerdo o no con su punto de vista o sus sentimientos. Validar es el arte de poder empatizar y comprender lo que otra persona siente”.

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Para una joven de 15 años que ha perdido a su novio porque éste la dejó por su mejor amiga, su problema es el peor que puede haber sobre la faz de la tierra. Sin embargo, como adultos sabemos que no es el fin del mundo y que muchas otras experiencias tendrá esta joven antes de llegar a la adultez y tener una familia. No obstante, validamos ese sufrimiento entendiendo la situación de la joven y cómo se siente. Reconociendo que es muy doloroso lo que está pasando y de ahí, nos abrirá su corazón para comenzar a buscar respuestas sobre su situación y cómo mejorarse a sí misma. La joven no necesita escuchar un largo tratado filosófico sobre lo que el futuro le deparará. Simplemente necesita alguien que le diga “te endiendo”.

Ocurre lo mismo cuando una persona pierde el empleo y se encuentra desesperada. Tratar de ayudarle diciendo simplemente que Dios proveerá, no siempre es la mejor alternativa. Independientemente de lo creyentes que seamos, en ese momento para la otra persona es importante comenzar primero validando su preocupación. “Entiendo que te sientas atribulada por haber perdido tu empleo. Sé que te preocupa el pago de la hipoteca y el resto de tus responsabilidades económicas.”  Entonces, luego podemos comenzar a explorar alternativas para mejorar la situación y comenzar a transformar ese vaso medio vacío en uno medio lleno.

Para muchas personas puede resultar muy fácil mirar desde lo alto el dolor de las personas. Es sencillo minimizar el dolor ajeno cuando se está en gracia y abudancia. Decirle a un niño “no llores por ese juguete que tienes muchos más”, o a un adulto “no te preocupes que eso es solo material”, lejos de ayudar, contribuye a que el dolor sea mayor. No solamente se sufre por lo perdido sino que además, se sufre por la incomprensión y falta de empatía. No se trata de sentarnos a llorar con el otro o de asumir como correcto o incorrecto el sentimiento del otro. Algo que sucede a menudo en la sociedad actual es que se invalidan más las emociones desagradables que las agradables, como si las primeras fuesen indignas o el hecho de sentirlas nos convirtiese en alguien toxico o negativo, (Mumary, 2016).

26025710_10155242181921239_8419976417521983733_oEl pasado mes de diciembre, Rex, mi perro rottweiler de 6 años, 10 meses y 124 libras de amor, me fue arrebatado por el cáncer. El dolor fue terrible para mi esposo y para mi. Conocemos muy bien las etapas de duelo y las atravesamos todas una a una. Tuvimos un sentimiento que viajaba entre la  impotencia de no poder hacer nada para salvarle y el enojo por perderle a tan corta edad. Días más tarde, fui a una oficina y cuando la joven que me atendió me preguntó cómo estaba, se me escapó una lágrima al decirle que acababa de perder a Rex. Ella que apenas me conocía a mi y mucho menos a Rex, simplemente extendió sus brazos y me dijo, “lo siento mucho… ven aquí, tú necesitas un abrazo”. No dijo nada más pero ciertamente validó mi dolor. No tuvo que decir mucho pero su simple abrazo, fue sanador. Eso es validar.

En su artículo “La importancia de validar las emociones”, la psicóloga Nuria Mumary Farto (2016), señala que “cuando la persona siente que es querida y aceptada sienta lo que sienta, esto le hace sentir mayor seguridad, le genera confianza y sentimiento de valía. De esta manera, la cadena deductiva es la siguiente: Lo que yo siento es importante. Lo que es importante para mi es importante para ti. Te importo. Soy importante”. De eso se trata la validación. Ver el dolor del otro con un poco de bondad y empatía, sin emitir juicios.

list-533231__480Agradezco tu apoyo. Sígueme en Facebook como Coach Maribel Aponte y en Twitter como @coachmaribelpr

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